Las tardes otoñales, con su provisión de pájaros viajeros y campanas como soles tardíos, dejan las almas a merced de sus sueños: la iglesia de Monleras parece un viejo barco varado bajo las nubes. En la plaza aún perdura un aire de fiesta pasada y de bollo artesanal, de baile compartido que, de pronto, interrumpió la lluvia. A veces pasa por un camino un ciclista animoso que saluda con la mano; hoy era un vecino quien alzaba la cabeza desde la cabina de un tractor. En el remolque viaja un perro atolondrado que deja caer la lengua y se ríe con los ojos. Se pierde el motor en una lejanía y acaso vaya a morir junto a la iglesia y su torre alta, un ancho mástil que flota sobre un mar pardo hecho de encinas. La iglesia tiene un atrio también soñador porque desemboca en un teatro. Las gradas de piedra están ahora silenciosas pero guardan el recuerdo de las cigüeñas altas del verano. A la luz de las estrellas late también sobre la escena una pareja de lechuzas distraídas en amores. Las aves y los cómicos se reparten los ecos y quién sabe si los aplausos bajo las noches lunares. Al otro lado del graderío hay una casona que la iglesia, alzada por gusto de un nieto de Alfonso el Sabio, hace parecer joven. Pero esta casa tiene dos siglos largos de edad que se declaran sobre un dintel de piedra. Dentro del ayuntamiento cabe otro remanso de tiempo: un archivo municipal con documentos y nombres de vecinos que siguen recordándonos que venimos de lejos.

Y, envolviéndolo todo, las cosas nombradas sobre el papel: las fuentes y los molinos, los oficios y los santos, las fronteras y las deudas, las cortinas y los puentes que no se llevó el agua pero que al agua pertenecen porque sueñan sumergidos bajo el embalse de Almendra. Cuando el año es pródigo en borrascas, las aguas suben hasta dejar su orilla junto a los caminos por los que rumian las ovejas su paso de segundero. Corren los rebaños y las estaciones a inundar el término y se confunden los rumbos con las huellas que los hacen. Aquí hay meses para la hierba menuda y las aguas cantoras de la rivera, para el sol de granito y para la helada. Y hay mañanas de escarcha que dejan a las encinas blancas, detenidas como ángeles que custodiaran un paisaje hecho de niebla. Tiemblan los días en honesta paz, antes de morir. Y se renueva el milagro cada oscurecer: del horizonte se levantan pájaros que, al volar sobre los tejados, esparcen un humo tibio que huele a horno de leña.

 

Pablo Andrés Escapa.