Recorrer los caminos de Almendra es sumergirse en la naturaleza y el tiempo, en un paisaje modelado durante siglos por la mano del hombre, que nos sorprende a cada paso. Asombran los extensos campos de cereal, salpicados por frondosos y húmedos valles de robles, por dehesas donde la encina se convierte en dueña y señora de lo que la vista alcanza. Pero es el agua calma quien domina el paisaje de estas tierras y dota de nombre y seña a toda la región del Bajo Tormes: la presa y el embalse de Almendra se convierten en el mayor espectáculo natural de estas tierras, donde el Tormes se torna lago artificial, mar de islas donde sus mareas responden al capricho del hombre o a las lluvias que ocultan y muestran a su antojo pueblos sumergidos, paredones de piedra, puentes y caminos usados antaño por pastores y arrieros.

Si llevar nuestros pasos hacia los claros horizontes embriaga al caminante, el paseo entre sus estrechas calles se convierte en una experiencia única donde la piedra se impone como el mejor embajador de esta tierra amable. A cada rincón una sorpresa: un portal de piedra donde recogerse del hostigo, una fuente de la que mana agua cristalina y que aún guarda los ecos de las antiguas lavanderas, una puerta de jambas y toza de piedra labrada que fue, en antiguos tiempos, herencias de nobles.  Dejarse llevar sin rumbo por las calles de Almendra es acabar descifrando lo auténtico, lo puro, lo real de un pueblo antiguo que ha sido capaz de cuidar y mimar su magia para disfrute de todos aquellos que aquí busquen morada.